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sábado, 29 de julio de 2017

Pequeña mártir china por amor a la Eucaristía


Unos meses antes de su muerte, el obispo Fulton J. Sheen fue entrevistado por un canal nacional de televisión: “Señor obispo, miles de personas en todo el mundo se inspiran en usted. ¿En quién se inspiró usted? ¿Fue por casualidad en algún Papa?”.

El Siervo de Dios Arzobispo Fulton Sheen, a quien se le atribuye un posible milagro, contó meses antes de morir en 1979 que su mayor inspiración fue una niña china de once años que murió por la Eucaristía.

El Arzobispo Sheen relató en una entrevista que cuando los comunistas se apoderaron de China a mediados del siglo XX, apresaron a un sacerdote en su propia rectoría cerca de la Iglesia.

El sacerdote observó asustado, desde su ventana, cómo los comunistas invadían el templo y se dirigían al Santuario. Llenos de odio, profanaron el tabernáculo, cogieron el Cáliz y arrojándolo al suelo, se cayeron las Hostias consagradas.

Eran tiempos de persecución y el sacerdote sabía exactamente cuántas Hostias había en el Cáliz: treinta y dos (32).

Cuando los comunistas se fueron, tal vez no se dieron cuenta o no prestaron atención a una niña que estaba rezando en la parte trasera de la iglesia y vio todo lo que sucedió.

En la noche, la pequeña regresó y escapando del guardia que estaba en la rectoría, entró en el templo. Ahí, hizo una hora santa de oración, un acto de amor para reparar el acto de odio. Después de su hora santa, entró en el santuario, se arrodilló e inclinándose hacia delante, con su lengua recibió a Jesús en la Sagrada Comunión.

La pequeña regresó cada noche, haciendo su hora santa y recibiendo a Jesús Sacramentado en la lengua. La trigésima noche, después de haber consumido la última hostia, accidentalmente hizo un ruido que despertó al guardia. Este corrió tras ella, la agarró y la golpeó hasta matarla con la parte posterior de su arma.

Este acto de martirio heroico fue presenciado por el sacerdote que, profundamente abatido, miraba por la ventana de su cuarto convertido en celda.

Cuando el Arzobispo Sheen escuchó el relato, se inspiró de tal manera que prometió a Dios que haría una hora santa de oración frente a Jesús Sacramentado todos los días por el resto de su vida.

Si aquella pequeña pudo dar testimonio con su vida de la real y bella presencia de Su Salvador en el Santísimo Sacramento, entonces el Arzobispo se veía obligado a hacer lo mismo. Su único deseo desde entonces sería atraer al mundo al Corazón ardiente de Jesús en el Santísimo Sacramento.

La pequeña enseñó al obispo el verdadero valor de la devoción que se debe tener a la Eucaristía; cómo la fe puede sobreponerse a todo miedo y cómo el verdadero amor a Jesús en la Eucaristía debe trascender la propia vida.




Oración para antes de la comunión (Santo Tomás de Aquino)

Todopoderoso y eterno Dios, me acerco al sacramento de tu Unigénito Hijo, mi Señor Jesucristo, como enfermo al Médico de la vida, como manchado a la fuente de la Misericordia, como ciego a la Luz de la Eterna claridad, como pobre y mendigo al Señor del cielo y de la tierra.

Ruego, pues, Señor, a tu infinita generosidad que dignes curar mi enfermedad, lavar mis manchas, alumbrar mi ceguera, enriquecer mi pobreza, vestir mi desnudez, para que me acerque a recibir el pan de los ángeles, al Rey de los reyes y Señor de los que dominan, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y devoción, con tanta pureza y fe, con tal propósito e intención como conviene a la salud de mi alma.

Concédeme, te ruego, recibir no sólo el sacramento del cuerpo y la sangre del Señor sino también la gracia y virtud del sacramento. Benignísimo Dios, concédeme recibir el cuerpo que tu Hijo Unigénito, nuestro Señor Jesucristo, tomó de la Virgen María, de tal manera que merezca ser incorporado a su Cuerpo Místico y ser contado entre sus miembros.

Una pequeña mártir que inspiró a Fulton Sheen a dedicar una hora al día a la adoración eucarística toda su vida

Padre amantísimo, concédeme contemplar cara a cara en el cielo por toda la eternidad a tu amado Hijo, a quien ahora en mi estado de peregrino y bajo el velo del sacramento me dispongo a recibir, que siendo Dios vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

Amén

Oración para después de la comunión (Santo Tomás de Aquino)

Gracias te doy, Señor, Padre Santo, omnipotente y eterno Dios, porque te has dignado a saciarme a mí, pecador e indigno siervo tuyo, sin mérito alguno, sino por tu sola misericordia, con la participación del sacratísimo Cuerpo y Sangre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Te suplico que esta sagrada comunión no sea para mí motivo de castigo, sino que me auxilie para conseguir el perdón.

Sea armadura de mi fe, escudo de mi buena voluntad, muerte de todos los vicios, exterminio de todos mis carnales apetitos, aumento de caridad, de paciencia, humildad, obediencia y de todas las virtudes. Sea perfecto sosiego de mi cuerpo y de mi espíritu, firme defensa contra todos mis enemigos visibles e invisibles, perpetua unión contigo, único y verdadero Dios, y sello feliz de mi dichosa muerte.

Te ruego que tengas por bien llevar a este pecador a aquel convite inefable donde Tú con tu Hijo y el Espíritu Santo eres para tus santos luz verdadera, satisfacción cumplida, gozo perdurable, dicha consumada y felicidad perfecta.

Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.


Por si te interesa saber quién es el Venerable Fulton Sheen, da clic en este enlace:

La Beata Imelda - Patrona de la Primera Comunión

Esta niña angelical nació en la ciudad de Bolonia en 1322. Era hija de los Condes de Lambertini, ilustres en nobleza y en virtud. La condesa, desconsolada porque no tenía hijos, había rogado fervorosamente para que le fuese concedida una hijita, y, según se dice, obtuvo tal merced del Cielo por medio del Santísimo Rosario, del cual era devotísima.

La pequeña Imelda pronto llamó la atención por sus celestiales inclinaciones. Cuando lloraba, se sentía consolada al oír los nombres de Jesús y de María; cuando comenzó a hablar, fueron estos nombres dulcísimos los que pronunció con más frecuencia. A veces, la encontraban con las manos levantadas al cielo, en oración, y con los ojos anegados en lágrimas de ternura.

Permanecía largos ratos sobre las rodillas de su madre, aprendiendo las primeras oraciones. Era muy devota de la Madre de Dios, y, sobre todo, de la Sagrada Eucaristía. Pasaba muchas horas delante del Sagrario, como extasiada, y, con mucha frecuencia, se alejaba de las fiestas de familia, y se iba al oratorio del palacio, prefiriendo a todo bullicio el encanto de aquel altarcito, que ella misma arreglaba y adornaba con flores. Más de cuatro veces se habían preguntado sus parientes: "¿Qué llegará a ser, con el tiempo, esta niña?”

Apenas tenía nueve años cuando ya la voz de Dios se había dejado oír claramente en su alma, y la había invitado al recogimiento del claustro. Es cierto que era todavía muy jovencita para ser religiosa, pero su falta de edad era compensada por sus bellas cualidades y por su juicio de persona mayor. En aquella época, varios niños y niñas habían entrado en algunos conventos.

Así fue como Imelda pudo satisfacer pronto sus ansias de unirse con Jesucristo. Sin hacer caso de las advertencias de los parientes, ni de ninguna consideración humana, entró bien decidida y con el corazón lleno de alegría, en el monasterio dominico de Val di Pietri.

No había hecho aún la Primera Comunión, pues los niños, en aquel tiempo, no eran tan dichosos como ahora, cuando, por voluntad de la Santa Iglesia, pueden comulgar tan pronto. A pesar de que la costumbre de la época era recibir la Primera Comunión a los 15 años, ella ya hablaba de lo mucho que deseaba recibir a Nuestro Señor cuando sólo tenía 5 años.

Pero no se trataba de una niña queriendo imitar lo que hacían los mayores. Ella realmente entendía la Eucaristía, mucho más de lo que muchos pensaban. A pesar de ser solo una niña, ella solía preguntarle a los mayores; “Dime, ¿Alguien puede recibir a Jesús en su corazón y no morir?” Por esta causa suspiraba siempre por el día más feliz de su vida, y era tan grande el concepto que tenía de la Eucaristía, que no podía entender cómo era posible no morir de amor al recibir el Pan de los Ángeles. Reiteradamente había suplicado al sacerdote que la dejase comulgar, pero no obtuvo esta gracia; su edad lo impedía; era demasiado pequeña.

Mas, he aquí que, el día 12 de mayo de 1333, cuando ya habían comulgado todas las monjas y cuando ya había sido cerrada la puerta del Sagrario y estaban apagados los cirios del altar, mientras las religiosas se dirigían a sus ocupaciones, Imelda se quedó postrada en tierra, en el coro, con gran desconsuelo. De repente, el coro se iluminó con una luz milagrosa y se llenó de un aroma suavísimo, que, esparciéndose por todo el convento, atrajo otra vez hacia la iglesia a todas las monjas. 

Una Hostia se movía sola, en el aire, y parecía que quería ir hacia la monja niña, que se derretía de amor, temblorosa y con las manos juntas, bajo la influencia del Sol de las almas. Al ver tal milagro, el sacerdote entendió claramente la voluntad de Dios, se revistió de nuevo, y tomando la Hostia que flotaba en el espacio, administró a Imelda la Sagrada Comunión.

Entonces Imelda cerró los ojos a toda cosa exterior, juntó las manos, inclinó la cabeza... y pareció quedar dormida. Pero pronto su color rosado se transformó en un color ligeramente blanquecino, y pasaron varias horas sin que se desvaneciera el encanto. Entonces las monjas presintieron lo que sucedía; se acercaron a ella, la llamaron, pero no respondió; estaba muerta, muerta de amor a Jesús, tal como se había imaginado...

Un gran gentío acudió a Valdi Pietri para ver el cuerpo de la joven novicia. Y nadie dudó en venerarla enseguida como bienaventurada.

Cada año, el día 12 de mayo se celebra en el convento con toda solemnidad. Los Papas vieron siempre con buenos ojos este culto, hasta que, por fin, un decreto de León XII, en 1826, la declaró Beata, autorizando su oficio litúrgico y Misa propia.

Fue proclamada Patrona de las Primeras Comuniones en 1910 por el Papa San Pío X.

El cuerpo de la Beata Imelda Lambertini se mantiene intacta después de más de 675 años en su ciudad natal de Bolonia, el campo Italiano.




Oraciones

DE LOS NIÑOS A SU PATRONA, SANTA IMELDA

Niña querida del Niño Jesús, moriste de amor a Él en la hora misma de recibir tu Primera Comunión; sé tú mi intercesora para con el divino Niño. Preséntale mi corazón; suple lo que a mí me falta para serle agradable; alcánzame la gracia de comulgar con las debidas disposiciones; tráemelo a mi lado a la hora de mi muerte para que mi alma expire abrazada a Él y en compañía de ambos viva y reine en el cielo por los siglos de los siglos. 
Amén


IMELDA

Por Jacinto Verdaguer [1]
(1845-1902)

De Jesús sacramentado
Imelda está enamorada:
ante él se pasa las noches
del atardecer al alba.

Mas, ¡ay!, las pasa llorando,
de mal de amor y añoranza.
De su sangre tiene sed,
y hambre de su carne santa;
y no puede todavía
comer el pan de las almas.

Le falta un abril a dos
para ser de Él enamorada:
muy linda tendrá que ser
si tan grande Amor la enramada.

A las plantas de Jesús
llora la pobre novicia:
Me dicen que por pequeña
no comulgo todavía.

Pues vos, ¡mi amable Jesús!,
¿Por ventura no decías:
"Dejad que los pequeñuelos
vengan en mi compañía?"
¿No amabais vos a los niños?
¿No lo erais vos, mi delicia?

Jesús, ¡compasión de mí,
que de amor me siento herida!
Si no me acudís bien presto,
no me encontraréis ya viva.

El día de la Ascensión
despierta antes que la aurora:
sale al jardín del convento
a cortar lirios y rosas.
En cada flor que recoge
pone un beso de su boca.

Dice: Al lado de mi Amor
hoy exhalarás tu aroma:
¿Yo habré de estarme lejos
habiendo de ser su esposa?

La campana del convento
al templo llama a las monjas;
ella su ramito lleva
y en el altar lo coloca,
donde quisiera quedarse
para aspirar los aromas;
no los que exhalan las flores,
sino Aquel que la enamora.

Como abejas al panal
se acercan a Dios las monjas:
ella comulgar no puede
y se está detrás de todas.

Ve cuál fluye aquella fuente
y ardiente sed la devora;
de aquellas aguas del cielo
beber no puede una gota
y en lágrimas y suspiros
su corazón desahoga.

De manos del sacerdote
de pronto vuela una Hostia,
y va hasta Imelda volando,
como blanca mariposa.

El sacerdote la sigue
y el Copón bajo coloca
para que retorne al nido
el pichoncito de gloria.

Mas Él volando, volando,
nunca desciende a la copa,
pues no quiere Separarse
de Su celestial paloma.
El sacerdote, inspirado,
lo pone a Imelda en la boca...

Ya tiene lo que ella quiere;
nada en río de delicias.
No pudiendo soportarlas
cae al suelo amortecida,
y cual cristal que se rompe
su vida al romperse... expira.

Imelda de amor.
¡Bien haya el que quiso herirla!
Quien de tal modo la hirió
bien será su medicina.
Hoy cuando asciende a los cielos
la lleva en su compañía.
¡La Primera Comunión
le es Viático a la niña!

viernes, 28 de julio de 2017

El suceso de Tumaco, Colombia

Retroceden las olas del mar ante la Hostia Consagrada.

 El siguiente suceso tuvo lugar el 31 de enero de 1906, en el pueblo de Tumaco, perteneciente a la República sudamericana de Colombia, y situado en una pequeñísima isla a la parte occidental de aquella República, bañada por el océano Pacífico. Hallábase allí de cura-misionero, en dicho tiempo, el reverendo padre fray Gerardo Larrondo de San José, teniendo como auxiliar en la cura de almas al padre fray Julián Moreno de San Nicolás de Tolentino, ambos recoletos.

Eran próximamente las diez de la mañana, cuando comenzó a sentirse un espantoso temblor de tierra, siendo este de tanta duración que, según cree el padre Larrondo, no debió bajar de diez minutos, y tan intenso, que dio con todas las imágenes de la iglesia en tierra. De más está decir el pánico que se apoderó el pueblo, el cual todo en tropel se agolpó en la iglesia y alrededores, llorando y suplicando a los padres organizasen inmediatamente una procesión y fueran conducidas en ellas las imágenes, que en un momento
fueron colocadas por la gente en sus respectivas andas.

Parecíales a los padres más prudentes animar y consolar a sus feligreses, asegurándoles que no había motivo para tan horrible espanto como el que se había apoderado de todos, y en esto se ocupaban los dos fervorosos ministros del Señor cerca de la iglesia, como advirtieron que, como efecto de aquella continua conmoción de la tierra, iba el mar alejándose de la playa y dejando en seco quizá hasta kilómetro y medio de terreno de lo que antes cubrían las aguas, las cuales iban a la vez acumulándose mar adentro, formando como una montaña que, al descender de nivel, había de convertirse en formidable ola, quedando probablemente sepultado bajo ella o siendo tal vez barrido por completo el pueblo Tumaco, cuyo suelo se halla precisamente a más bajo nivel que el del mar.

Aterrado entonces el padre Larrondo, se lanzó precipitadamente hacia la iglesia, y, llegándose al altar, sumió a toda prisa las Formas del Sagrado Copón, reservándose solamente la Hostia grande, y, acto seguido, vuelto hacia el pueblo, llevando el copón en una mano y en otra a Jesucristo Sacramentado, exclamó: “Vamos, hijos míos, vamos todos hacia la playa y que Dios se apiade de nosotros.” Como electrizados a la presencia de Jesús, y ante la imponente actitud de su ministro, marcharon todos llorando y clamando a su Divina Majestad tuviera misericordia de ellos. El cuadro debió ser ciertamente de lo más tierno y conmovedor que puede pensarse, por ser Tumaco una población de muchos miles de habitantes, todos los cuales se hallaban allí, con todo el terror de una muerte trágica grabado ya de antemano en sus facciones.

Acompañaban también al Divino Salvador las imágenes de la iglesia traídas a hombros, sin que los padres lo hubieran dispuesto, sólo por irresistible impulso de la fe y la confianza de aquel pueblo fervorosamente cristiano.

Poco tiempo había pasado, cuando ya el padre Larrondo se hallaba en la playa, y aquella montaña formada por las aguas comenzaba a moverse hacia el continente, y las aguas avanzaban como impetuoso aluvión, sin que poder alguno de la tierra fuera capaz de contrarrestar aquella arrolladora ola, que en un instante amenazaba destruir el pueblo de Tumaco.

No se intimidó, sin embargo, el fervoroso recoleto; antes bien, descendió intrépido a la arena y, colocándose dentro de la jurisdicción ordinaria de las aguas, en el instante mismo en que la ola estaba ya llegando y crecía hasta el último límite el terror y la ansiedad de la muchedumbre, levantó con mano firme y con el corazón lleno de fe la sagrada Hostia a la vista de todos, y trazó con ella en el espacio la señal de la Cruz. ¡Momento solemne! ¡Espectáculo horriblemente sublime! La ola avanza un paso más y, sin tocar el sagrado copón que permanece elevado, viene a estrellarse contra el ministro de Jesucristo, alcanzándole el agua solamente hasta la cintura. Apenas se ha dado cuenta el padre Larrondo de lo que acaba de sucederle, cuando oye primeramente al padre Julián, que se hallaba a su lado, y luego a todo el pueblo en masa, que exclamaban como enloquecidos por la emoción: ¡Milagro!  ¡Milagro!

En efecto: como impelida por invisible poder superior a todo poder de la naturaleza, aquella ola se había contenido instantáneamente, y la enorme montaña de agua, que amenazaba borrar de la faz de la tierra el pueblo de Tumaco, iniciaba su movimiento de retroceso para desaparecer, mar adentro, volviendo a recobrar su ordinario nivel y natural equilibrio.

Ya comprende el lector cuánta debió ser la alegría y la santa alegría de aquel pueblo, a quien Jesús Sacramentado acaba de librar de una inevitable y horrorosa hecatombe.

A las lágrimas de terror sucediéronse las lágrimas del más íntimo alborozo; a los gritos de angustia y desaliento siguieron los gritos de agradecimiento y de alabanza, y por todas partes y de todos los pechos brotaban las vivas a Jesús Sacramentado.

Mandó entonces el padre Larrondo fuesen a traer de la iglesia la Custodia, y, colocando en ella la Sagrada Hostia, organizó, acto seguido, una solemnísima procesión, que fue recorriendo calles y alrededores del pueblo, hasta ingresar Su Divina Majestad con toda pompa y esplendor en su santo templo, de donde tan pobre y precipitadamente había salido momentos antes.

Como el dicho estremecimiento no tuvo lugar sólo en Tumaco, sino en gran parte de la costa del Pacífico, por los grandes daños y trastornos que aquella ola, rechazada en Tumaco, causó en otros puntos de la costa harto menos expuestos que éste a ser destruidos por el mar, se puede calcular la importancia del beneficio que Jesús dispensó a aquel cristiano pueblo, el cual, por estar, como hemos dicho, a nivel más bajo que el del mar, probablemente hubiera desaparecido con todos sus habitantes.

He aquí lo que en carta que tenemos a la vista nos dice hablando de esto el misionero reverendo padre fray Bernardino García de la Concepción, que por entonces se hallaba en la ciudad de Panamá: "En Panamá estaba en la mayor bajamar, y de repente (lo vi yo) vino la plenamar y sobrepasó el puerto, entrando en el mercado y llevándose toda clase de cajas: las embarcaciones menores que estaban en seco fueron lanzadas a grande distancia, habiendo habido muchas desgracias".

El suceso de Tumaco tuvo grandísima resonancia en el mundo, y de varias naciones de Europa escribieron al padre Larrondo, suplicándole una relación de lo acontecido.


Libro: Prodigios Eucarísticos
Fr. Antonio Corredor García, O.F.M.


sábado, 15 de julio de 2017

Milagro Eucarístico en Turín, Italia


Turín es una ciudad industrial e intelectual. Fue la ciudad amada de San Juan Bosco, quien desarrolló aquí su inmenso apostolado y construyó la Iglesia de María Auxiliadora, y fundó el colegio para los niños. Ciudad donde numerosos milagros ocurrían por la intercesión de María, Auxilio de los Cristianos y de San Juan Bosco.

Turín es también muy conocida por que en ella se guarda el famoso Manto o Sudario de Nuestro Señor (diferente al milagro que trata este artículo). Este se encuentra en la Catedral de San Juan el Bautista, donde estuvo anteriormente, el Milagro Eucarístico.   Fue en esta Iglesia donde el Obispo con gran multitud de personas, llevó por primera vez en procesión, el Milagro Eucarístico.

Situación histórica del milagro Eucarístico:

En el año 1453, Mohammed II capturó Constantinopla, matando atrozmente cientos de miles de cristianos. Su plan era continuar su ataque de terror por toda Europa. Lo lógico era que los europeos se hubieran unido para parar ese ataque. Pero el poder del mal distrajo a los países europeos, creando conflictos entre ellos. Italia fue un ejemplo de esto, lo cual reclamó la atención inmediata de Jesús.

La hoy ciudad de Milán, Turín, Venecia y Florencia eran pequeños imperios y estaban constantemente en guerra unos con otros. Los diferentes duques que contemplaban a Milán, empezaron una guerra que duró cuatro años. Durante este conflicto, Mohammed II que había reunido fuerzas, atacó y conquistó Constantinopla y siguió hacia el noroeste. Los pobres italianos estaban tan envueltos en la guerra de Milán, que no le prestaron atención a esta situación con Mohammed.

Francesco Sforza, quien era una fuerza muy poderosa en Italia, fue proclamado Duque de Milán, y esto fue lo que comenzó la batalla. Su único aliado en Italia era Florencia, y esto no era suficiente. Desesperado, reclutó ayuda de otros poderes extranjeros. El Duque de Anjou y Lorraine tenía su mirada en el reino de Nápoles y Sicilia. El consintió en ayudar a Francesco en Milán a cambio de Nápoles y Sicilia, después que terminara la batalla.

El ejército de Anjou y Lorraine marchó hacia Milán en defensa de Sforza. Tenía que pasar por Piedmonte, el cual estaba gobernado por uno de los enemigos de Milán. La actitud de su director, Ludwig, fue que, si ellos eran amigos de sus enemigos, ellos también eran sus enemigos. Por tanto, cuando el ejército se acercó a Piedmonte, tuvieron que entrar en batalla con las tropa de Piedmonte. En una batalla sangrienta, las tropas de Anjou se retiraron. Esto sucedió en las afueras de Exiles, donde ocurrió nuestro milagro.

Historia del Milagro:

Cuando las tropas de Piedmonte cruzaron la ciudad de Exiles, y las tropas de Anjou se acercaron, todos los aldeanos y todos los que vivían en esa área, dejaron sus casas.

Los soldados de Piedmonte empezaron a saquear las casas e Iglesias de la ciudad. Un soldado entró en la Iglesia local en Exiles, forzó y abrió la puerta del tabernáculo para robarse la custodia. La tomó sabiendo lo que era. No le importó tampoco tomar la Hostia Consagrada que estaba ahí reservada. Esta custodia era usada para dar bendiciones. El soldado tiró la custodia en su saco, y lo puso sobre su burro.

Probablemente por la presencia del Señor el animal se sentía molesto de llevar el saco sobre la espalda y se caía continuamente. De cualquier manera, el soldado quería deshacerse de las cosas que había robado, y por esta razón vendió el saco y su contenido al primer mercader que cruzó su camino, por un precio muy barato. El mercader vendió el saco a otro mercader, quien se lo vendió a otro. Cuando el ultimo mercader compró el saco, éste iba en camino a Turín.

El mercader entró en la ciudad con el burro cargando el saco. En frente de la Iglesia de San Silvestre, como se llamaba en la época del milagro, en la plaza el burro tropezó y se cayó. Su dueño trató de levantarlo, pero el animal se negó a moverse. El dueño empezó a pegarle y se juntó una muchedumbre. A nadie le gustaba ver como maltrataba al burro. Entre más grande se hacía la muchedumbre, más frustrado se sentía el mercader y golpeaba al burro sin misericordia. El burro se movía de un lado a otro tratando de escapar los latigazos de su amo. El saco se resbaló de la espalda del burro y cayó en el suelo, y todo el contenido se esparció por la calle.

Todos los ojos se fijaron en la custodia, especialmente en la Hostia que estaba dentro de ella. Resplandecía, haciéndose tan brillante que tenían que apartar los ojos del resplandor. La Custodia se elevó en el aire, hasta una altura de 10 - 12 pies, y ahí se detuvo permaneciendo suspendida en el aire. La muchedumbre manifestaba con suspiros su impresión ante la Señal Milagrosa. Desde la Iglesia de San Silvestre, el Padre Coccomo se dio cuenta de que algo pasaba al ver la muchedumbre, y fue a ver que era lo que les atraía. Cuando vio la custodia flotando en el aire, se dio cuenta de que esta era una señal del Señor. Entonces, el sacerdote corrió para informarle al Obispo lo sucedido.

El Obispo inmediatamente formó una procesión de sacerdotes que fue desde la Catedral hasta la Plaza. Esta noticia se esparció rápidamente, y oficiales de la ciudad marcharon, a ver el milagro, en fila detrás de los sacerdotes. Cuando el obispo llegó al lugar, la custodia se abrió, y cayó al suelo, dejando a la Sagrada Hostia suspendida. Estaba rodeada por un aura deslumbradora.

El Obispo, acompañado de los sacerdotes, empezó a cantar un himno en latín. Las personas de la ciudad cantaron "Resta con noi". (Quédate con nosotros).

La Hostia comenzó a descender. El obispo sujetó un cáliz y la Hostia Milagrosa empezó a bajar, y lentamente se deslizó en el cáliz. Las personas de la ciudad se maravillaron de este hecho, y siguieron al Obispo en procesión hasta la Catedral. Inmediatamente se le avisó al Vaticano.

Este milagro sucedió el 6 de junio, de 1453. Ocho días antes de esto, Mohammed II conquistó

Constantinopla, y ubicó su trono en la Catedral de Santa Sofía. Durante el mismo período, otro Milagro Eucarístico ocurrió en Langenwiese, un pueblo pequeño entre Polonia y Checoslovaquia. Poco después la guerra de Milán terminó.

Veneración y peregrinaciones

Inmediatamente comenzó la veneración del Milagro Eucarístico de Turín. Peregrinos de toda Italia y Europa se reunían en el Santuario. A la iglesia se San Silvestre se le llama la Basílica de Corpus Domini (Iglesia del Cuerpo y Sangre del Señor),

En 1455, la jerarquía de la Iglesia de Turín, acordaron hacer un tabernáculo para honrar y conservar el Milagro Eucarístico. La Hostia se guardó en el nuevo tabernáculo hasta que un nuevo relicario de mármol se erigió en el lugar donde cayó el burro en 1453.

La ciudad de Turín fue conmovida por este Milagro Eucarístico. Pusieron una señal a donde ocurrió el milagro, y donde cayó el burro. Este lugar se convirtió en un lugar de peregrinación, tan visitado que los peregrinos no cabían en esa pequeña área. En el año 1521 un nuevo edificio fue construido para los devotos y peregrinos. El Oratorio fue construido en el lugar donde el burro cayo.

En 1525, se instituyó la Compañía del Cuerpo de Cristo para ser protectores del Milagro Eucarístico. Su símbolo era la Custodia y la Hostia suspendida sobre ella. Esta compañía estaba encargada de cuidar el Oratorio y el lugar donde cayó el burro.

En el año 1584, llegó de la Santa Sede la orden que el Milagro Eucarístico debía de ser consumido. La razón dada por el Vaticano fue para no obligar a Dios a mantener este Milagro Eucarístico sin corromperse por siempre.

La Hostia Sagrada, fue consumida por orden Papal en 1584, después de estar perfectamente conservada por 131 años. La Adoración y Devoción del Milagro Eucarístico continuó.

En 1598, una plaga amenazó a muchas personas, esto fue durante otra sangrienta guerra entre los de Piedmonte y los franceses. El Señor le estaba dando un mensaje a las personas, que fue recibido por el Concilio de Turín.

Ellos le hicieron una promesa al Señor, que sí El libraba a las personas de esa enfermedad mortal, se le construiría una iglesia completamente nueva en honor del Santísimo Sacramento de Turín. El Señor escucho las oraciones y la plaga termino.

En 1607, se hicieron los cimientos de la nueva iglesia, la cual se terminó en 1671. A la derecha del altar principal, hay un área cerrada por unas barandillas que es el lugar donde cayó el burro. Hay una placa con una inscripción en latín. San Juan Bosco la tradujo así:

"Aquí, el 6 de junio, de 1453, cayó el burro que estaba cargando el Cuerpo del Señor.

Aquí la Sagrada Hostia, libre de sus ataduras, se elevó en el aire.

Aquí descendió suavemente a las manos suplicantes de los Turinenses.

Aquí, por lo tanto, recuerden el milagro, arrodíllense en el suelo, veneren y miren con temor un lugar sagrado."

En la pequeña Iglesia de Exille, donde ocurrió el robo ese día en 1453, el tabernáculo roto nunca fue arreglado. Ellos lo conservaron en su forma original en honor al acontecimiento milagroso.

Solemnes procesiones y celebraciones han tenido lugar en los diferentes Centenarios de la Fiesta. En 1853, San Juan Bosco escribió acerca de la fiesta y de las grandes preparaciones que se hacían. En estas fiestas asistieron la Reina Adelaida, esposa de Vittorio Emmanuele II, y de la Reina María Teresa, viuda de Carlos Alberto, quienes recibían Comunión en la Basílica. En 1953, la fecha de la celebración del Quinto Centenario, fue cambiada para septiembre, desde el 6 hasta el 13, para que coincidiera con el Congreso Eucarístico que se celebró ese año.

Se escribieron himnos especiales en honor del Milagro Eucarístico de Turín. Se cantan los días de las fiestas, y especialmente durante la celebración del Centenario.

Papas que han reconocido el Milagro de Turín: Pío II, Gregorio XVI, Clemente XIII, Benedicto XIV, San Pío X, Pío XI y JPII.


martes, 4 de julio de 2017

El milagro de Alboraya

¿Quién negará de este Pan el Misterio, cuando un mudo pez nos predica la fe?

Era una noche de julio de 1348. La atmósfera, calurosa y cargada de humedad, presagiaba una tormenta. Con todo, el párroco de Alboraya (Valencia – España), celoso de su ministerio sacerdotal, salió con el Viático camino de una lejana alquería, donde le reclamaba un moribundo.

La tormenta estalló en el preciso momento en que, terminada su misión, se disponía a regresar. Los vecinos le aconsejaron esperase, pero no podía quedarse allí toda la noche y, aprovechando un momento de calma en el temporal, apretando contra su pecho el copón, caminó entre lodazales y en la oscuridad, amortiguada por el débil resplandor del farol que llevaba su acompañante.

Todo fue bien hasta llegar al barranco de Carraixet. Era el paso más difícil del camino. Con la reciente tormenta, el torrente había centuplicado su caudal y una simple tabla servía de puente para salvarlo.

El párroco, animoso, se arriesgó, pero, cuando estaba a mitad del estrecho puente, resbaló y, en el brusco movimiento para guardar el equilibrio, el copón salió despedido para hundirse en las tumultuosas aguas del torrente.

El Párroco, valiente y temerariamente, se arrojó a. las aguas para rescatar el precioso tesoro. Luchó denodadamente contra la corriente, Pero sus esfuerzos fueron en vano: el copón quedó sepultado y en él había tres Formas.

La noticia corrió velozmente por el contorno y fueron muchos los hombres que se prestaron voluntarios para rescatar de las aguas el Sagrado Tesoro. En ello trabajaron toda la noche y, por fin, con las primeras luces del día, apareció el copón. Pero... ¡estaba vacío! Con el golpe de la caída se había entreabierto y las tres Formas que contenía, arrastradas por la violencia de la corriente, habían desaparecido camino del mar.

La desolación del cristiano pueblo de Alboraya fue indescriptible, e inmediatamente se organizaron actos de reparación, de honor y desagravio. ¡Emocionante y ejemplar la fe de aquel pueblo valenciano!... Tanto que el Señor quiso premiarlos con un estupendo milagro. Milagro inaudito, que parecía increíble, de no contarlo cien crónicas que han hecho célebre el barranco de Carraixet.

A la incierta luz de la aurora, allí donde el torrente rinde sus aguas al mar, todos los vecinos de Alboraya pudieron ver cómo tres peces se mantenían erguidos sobre la corriente, sosteniendo en la boca entreabierta una Hostia consagrada.

El estupor hizo caer de rodillas a las sencillas gentes del campo, mientras alguien corrió a comunicar al párroco el portentoso suceso. Los tres peces siguieron inmóviles en medio de la corriente hasta que el sacerdote, revestido de ornamentos sagrados, se acercó a la ribera.

Y entre cánticos del pueblo y lágrimas que corrieron de todos los ojos, los tres peces fueron depositando las tres Formas en manos del sacerdote.

Nunca se vio procesión tan devota como la que entonces se organizó para trasladar al Santísimo desde la ribera del mar hasta la iglesia del pueblo. El copón de tan singular maravilla se conserva aún hoy como perpetuo recuerdo del milagro, y para hacer nacer la fe en los corazones de quienes no creen, han grabado en él esta frase feliz: 

¿Quién negará de este Pan el Misterio, cuando un mudo pez nos predica la fe?

En el lugar del milagro se erigió una ermita que lleva el nombre de "Ermita dels Peixets" en lengua valenciana, que significa en castellano "Ermita de los pececitos", cuya imagen se muestra abajo. Junto a la Ermita, situada a tan sólo unos 4 kilómetros de la ciudad de Valencia, existe además un pequeño parque en la actualidad.

Ermita dels Peixets, en lengua valenciana, que significa en castellano "Ermita de los pececitos".




(Prodigios Eucarísticos, P. M. Traval, S. J.).

Milagro Eucarístico de Faverney


En el año 1608, época calamitosa para la Iglesia de Francia, sometida a los ataques de los calvinistas que, en ocasiones, llegaban a profanar la persona misma del Señor, presente en la Eucaristía, misterio que odiaban especialmente los herejes seguidores de Calvino.

Faverney se localiza a 20 kilómetros de Vesoul. La Abadía donde se encuentra la Iglesia en que sucedió el milagro fue fundada por San Gude en el siglo VIII y pertenecía a la Orden eclesiástica de San Benedicto. La Iglesia se puso bajo la protección de Nuestra Señora de La Blanche (La Blanca), representada por una pequeña imagen puesta a la derecha del Altar Principal, en la Capilla del Coro. Desde su fundación, la Abadía estaba a los cuidados de las monjas, pero empezando el año de 1132, los monjes las sustituyeron.

En 1600 la vida religiosa de las personas no era tan fervorosa como debía ser. Lo difícil aparecimiento de vocaciones revelaba la falta de incentivo espiritual en la comunidad laica. Por otro lado, sólo vivían en la Abadía seis monjes y dos novicios. Para mantener encendida la fe de las personas, debilitada por la terrible influencia protestante, los monjes intentaban realizar todas las ceremonias tradicionales y siempre revestidas con la más grande solemnidad, además de frecuentemente hacer la oración de la “Vía Sacra” (El Camino de la Cruz), la oración de la Tercia, o Rosario, y la adoración del Santísimo Sacramento.

Para la celebración de la Fiesta de Pentecostés en 1608, ellos prepararon un magnífico Altar de madera cerca de la Porta de entrada del Coro, toda adornada con bonitas y aromatizadas flores. La ceremonia religiosa en lo domingo de Pentecostés fue bonita y participada por un gran número de fieles que llenaron el templo.

A las veinte y una horas de la noche, los monjes cerraron las puertas de la Iglesia y fueron reposar, dejando dos lámparas con aceite para iluminarse el Santísimo Sacramento que quedó expuesto en el Altar en un Ostensorio.

El día siguiente, lunes el 26 de mayo, cuando el sacristán Don Garnier abrió las puertas de la Iglesia, observó mucho humo y llamas en cantidad que se levantaban por todas las partes del Altar. Con prisa fue informar a los Monjes que inmediatamente se unieron a los laicos y con mucho celo y perseverancia tentaron salvar la Iglesia, porque las llamas devoraban violentamente el Altar y amenazaban a consumir el templo.

Uno de los novicios llamado Hudelot, notó que el Ostensorio donde estaba el Santísimo Sacramento en el Altar, se elevó y quedó suspenso en el aire y las llamas no lo tocaban, ellas se inclinaban como si estuvieran haciendo una reverencia.

¡Estaba pasando un notable Milagro! Las personas que estaban en la Iglesia ayudando apagar el fuego, al ver el fenómeno quedaran impresionadas y luego, difundieron rápidamente la noticia. Los habitantes del lugar y también las personas que residían en las proximidades, gente de todas las edades, de pronto vinieron a la Iglesia para ver lo que estaba se pasando. Los Frailes Capuchinos de Vesoul también con prisa vinieron observar y testificar el fenómeno.

Aunque los monjes con la ayuda de las personas consiguieron apagar el fuego que quería consumir la Iglesia, el Milagro no cesó, el Ostensorio con JESÚS SACRAMENTADO continuaba flotando en el espacio. Las personas que llegaban se arrodillaban en demostración de respeto, de miedo y en señal de adoración, delante del Ostensorio con el Santísimo suspendido en el aire. De la misma manera, varios escépticos del lugar, sabiendo del evento también se acercaron en silencio para examinar el milagro que se pasaba.

A lo largo del día y durante la noche, los monjes no establecieron ninguna restricción, y los espectadores pudieron visitar la Iglesia libremente y dar testimonio del notable fenómeno.
Por la mañana del martes, el 27 de mayo, el Milagro continuaba. Sacerdotes de los barrios circundantes vinieron y también de otras ciudades y celebraron la Santa Misa en un Altar improvisado, en horarios seguidos, mientras el Ostensorio se mantenía suspendido en el aire.

En la Santa Misa que fue realizada a las 10 horas de la mañana, por el Sacerdote Nicolás Aubry, de la Parroquia de Menoux, en el momento de la Consagración las personas dieron testimonio de que el Ostensorio cambió de su posición y bajó suavemente en el Altar improvisado. Bajo la mirada conmovida de todas las personas, NUESTRO SEÑOR cerró en aquello momento el admirable Milagro Eucarístico.

Investigación:

El 31 de mayo, fue hecha una investigación pedida por el Señor Arzobispo Ferdinand de Rye. Fueran recogidos cincuenta cuatro testimonios de monjes, sacerdotes, autoridades, hombres y mujeres del pueblo. Después de estudiar los testimonios y los relatos coleccionados durante la investigación, el Señor Arzobispo decidió afirmar el 30 de julio de 1608, que había pasado un notable Milagro Eucarístico.

Hoy, examinando detalles de la notable ocurrencia, nosotros observamos:

El Altar era de madera y casi se redujo completamente las cenizas, salvo los pies.
Fue totalmente quemado la toalla de lino y el Corporal que estaban en la Mesa de Celebraciones, así como uno de los lustres que decoraba el Altar, ello se encontró fundido por el calor del fuego.

Uno de los novicios llamado Hudelot, notó que el Ostensorio donde estaba el Santísimo Sacramento en el Altar, se elevó y quedó suspenso en el aire y las llamas no lo tocaban, ellas se inclinaban como si estuvieran haciendo una reverencia.

¡Estaba pasando un notable Milagro! Las personas que estaban en la Iglesia ayudando apagar el fuego, al ver el fenómeno quedaran impresionadas y luego, difundieron rápidamente la noticia. Los habitantes del lugar y también las personas que residían en las proximidades, gente de todas las edades, de pronto vinieron a la Iglesia para ver lo que estaba se pasando. Los Frailes Capuchinos de Vesoul también con prisa vinieron observar y testificar el fenómeno.

Aunque los monjes con la ayuda de las personas consiguieron apagar el fuego que quería consumir la Iglesia, el Milagro no cesó, el Ostensorio con JESÚS SACRAMENTADO continuaba flotando en el espacio. Las personas que llegaban se arrodillaban en demostración de respeto, de miedo y en señal de adoración, delante del Ostensorio con el Santísimo suspendido en el aire. De la misma manera, varios escépticos del lugar, sabiendo del evento también se acercaron en silencio para examinar el milagro que se pasaba.

A lo largo del día y durante la noche, los monjes no establecieron ninguna restricción, y los espectadores pudieron visitar la Iglesia libremente y dar testimonio del notable fenómeno.
Por la mañana del martes, el 27 de mayo, el Milagro continuaba. Sacerdotes de los barrios circundantes vinieron y también de otras ciudades y celebraron la Santa Misa en un Altar improvisado, en horarios seguidos, mientras el Ostensorio se mantenía suspendido en el aire.

En la Santa Misa que fue realizada a las 10 horas de la mañana, por el Sacerdote Nicolás Aubry, de la Parroquia de Menoux, en el momento de la Consagración las personas dieron testimonio de que el Ostensorio cambió de su posición y bajó suavemente en el Altar improvisado. Bajo la mirada conmovida de todas las personas, NUESTRO SEÑOR cerró en aquello momento el admirable Milagro Eucarístico.

Investigación:

El 31 de mayo, fue hecha una investigación pedida por el Señor Arzobispo Ferdinand de Rye. Fueran recogidos cincuenta cuatro testimonios de monjes, sacerdotes, autoridades, hombres y mujeres del pueblo. Después de estudiar los testimonios y los relatos coleccionados durante la investigación, el Señor Arzobispo decidió afirmar el 30 de julio de 1608, que había pasado un notable Milagro Eucarístico.

Hoy, examinando detalles de la notable ocurrencia, nosotros observamos:

El Altar era de madera y casi se redujo completamente las cenizas, salvo los pies.
Fue totalmente quemado la toalla de lino y el Corporal que estaban en la Mesa de Celebraciones, así como uno de los lustres que decoraba el Altar, ello se encontró fundido por el calor del fuego.
El Ostensorio con JESÚS Sacramentado estaba perfecto, misteriosamente se conservó sin ningún daño.
Las dos Hostias Consagradas que se encontraban dentro de él, quedaron intactas.

También fueron salvados y se quedaron sin cualquier daño, cuatro preciosidades que estaban dentro de un tubo cristalino fijado al Ostensorio:

– una reliquia de Santa Ágata;
– un pedazo de seda pequeño que protegió la reliquia;
– una proclamación de indulgencias por el Santo Padre, el Papa;
– y una carta episcopal en que la cera de la estampa fundió y corrió encima del pergamino, sin      alterar el texto.

Las 54 personas, sacerdotes de otras Órdenes Religiosas que vinieron dar testimonio del evento sobrenatural y dieron declaraciones bajo juramento, testificaron e incluso firmaron un documento que aún es conservado.

Considerando que la Iglesia poseía suelo de madera, los testigos también dijeron que la suspensión del Ostensorio no fue afectado por las vibraciones de las personas que se movían al derredor para mejor observar el Milagro. Ni tampoco, por las personas que constantemente entraban y salían del templo, así como la actividad de los monjes en la remoción de inmediato del material quemado por el fuego y la instalación de un altar provisorio.

Después fue puesta una piedra jaspeada para marcar el lugar del Milagro. En ella existen las palabras “Lieu du Miracle”  (Lugar del Milagro).

En diciembre de 1608, una de las dos Hostias que estaban en Ostensorio en la hora de la suspensión milagrosa, se transfirió solemnemente para la ciudad de Dole, que era la capital del distrito municipal.

Durante la Revolución francesa infelizmente el Ostensorio del Milagro fue destruido, pero la Hostia Consagrada fue conservada de cualquier daño por miembros del consejo municipal de Faverney que la mantuvo escondida hasta pasar el peligro. Entonces, hicieron otro magnífico Ostensorio, donde fue colocada la Hostia del Milagro. Dentro de este nuevo Ostensorio la Hostia Sagrada se encuentra en perfecto estado de conservación y disponible a la adoración de los fieles en la Iglesia de Nuestra Señora de La Blanche (La Blanca), en Faverney.