viernes, 18 de marzo de 2016

El Vía Crucis de María




Únete a María en una reflexión sobre las Estaciones de la Cruz, a medida que ella nos guía por las Estaciones a través de sus ojos de aquel entonces y sus ojos del presente.


Primera Estación: Jesús es condenado a muerte

Mi Hijo se presentó ante Pilato como un hombre inocente. Pero, durante toda su vida fue penetrando más y más profundamente en la condición de humanidad pecadora. No le bastó con haber nacido de una madre humana como yo. Nació en el anonimato en Nazaret. Y allí siempre le juzgaron. Siempre juzgaron que no era correcto que El fuera concebido antes de que José y yo estuviésemos unidos por el matrimonio. Hasta cuando inició su ministerio público, las autoridades religiosas no le aceptaron. Jesús y su reflejo de Dios no cuadraban con la imagen acomodaticia de Dios que tenían dichas autoridades. Finalmente, sus propios seguidores le abandonaron. Nunca imaginé que El tuviera que pasar por la experiencia de la solidaridad con prisioneros golpeados y torturados, pero así fue. Nunca olvidaré la sangre que derramó y el dolor que sufrió a manos de los guardias romanos. Jesús inició esta travesía identificándose con todas las personas desamparadas, burladas y despreciadas. Nada hizo que mereciera la pena capital, o el abuso que sufrió.

Su “Sí” - su entrega a la voluntad de Dios – ultimadamente destruyó el poder del pecado y la muerte. Mientras se iba haciendo hombre, le conté muchas veces como yo había sido agraciada al decir “hágase en mí según tu voluntad”. Nunca podía haberme imaginado que ésa sería la espada que atravesaría mi corazón: ver a mi Hijo decir que Sí a Dios, completamente y plenamente, para salvación del mundo.

Ahora que ha sido condenado a muerte, reflexiona conmigo sobre cada estación de este recorrido – adentrándote cada vez más  completamente en nuestra humanidad y la muerte misma. Pidamos a Dios la gracia para poder acompañar a Jesús en su travesía y entenderla más plenamente y ser más agradecidos por este don.


Segunda Estación: Jesús carga con la Cruz

Mi Hijo fue obligado a llevar la cruz en la cual sería clavado, ridiculizado y ejecutado. Aquí debemos hacer una pausa para recordar lo que representa. Para esta travesía, El cargó con el peso de todas nuestras cruces, de todos nuestros sufrimientos insensatos, y el peso de todos los pecados del mundo – pasados, presentes y futuros. Con cada paso que daba aumentaba el peso lacerante sobre sus abatidos hombros. Me parecía increíble que El pudiera dar unos cuantos pasos.

Ahora podemos mirar retrospectivamente y recordar que todo esto es por nosotros. Cada uno de nosotros puede decir que fue “por mí”. A medida que vamos imaginando cada paso que da, podemos hacer una pausa y decir “gracias”, con nuestras propias palabras, desde lo más profundo de nuestros corazones.


Tercera Estación: Jesús cae por primera vez

Apenas puedo expresarles lo que sentí al ver a mi Hijo caer bajo el peso de esa Cruz. Dentro de mí todo clamaba porque se detuvieran. Ya esto era demasiado. Pero nada podía yo hacer sino verlo caer al suelo.

Por supuesto, ahora entiendo que si El iba a poder entrar completamente en nuestras vidas, tenía que rendirse bajo el aplastante peso de las cargas que tantos sufren en sus respectivos mundos.  Todos los habitantes de la tierra que están subyugados por cargas injustas siempre entenderán que al caer al suelo, Jesús conoció y siempre entendería la impotencia de aquellos y aquellas que sufren sin remedio. Sin poder levantarse, El entra en nuestras fatigas, entendiéndolas por siempre, así como a todas las injusticias que nos derrotan.

Comprendo el dolor y la culpa que sienten al reflexionar sobre el camino de mi Hijo hacia el Calvario. Por favor, sean gratos. Mi Hijo sencillamente quiere que recordemos cuánto nos amó entonces y nos ama ahora. Estamos conscientes de su misericordia y del regalo de vida que hemos encontrado en Él.


Cuarta Estación: Jesús encuentra a su Santísima Madre

Mientras yo empujaba y me abría paso entre la multitud para acercarme lo más que pudiera a mi Hijo, llegamos a un lugar del camino donde Jesús se detuvo. Me vio. Nos miramos a los ojos. Yo no quería que El viera mis lágrimas o se diera cuenta de mi dolor, pero hacía mucho que yo había aceptado cuán profundamente El me conocía. El amor de mi corazón se desbordó en el único abrazo que pude darle, Mis labios dijeron calladamente la oración que Jesús nos enseñó: “Padre, venga tu Reino y hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Jesús hizo hacia mí un gesto casi imperceptible con su cabeza, tomó aliento y empezó a ascender la colina. La espada que atravesaba mi corazón  había bendecido Su misión, y yo entendí que El lo sabía.

Denle gracias conmigo, en este momento que El asumió esa misión por nosotros. Denle gracias por haber experimentado la separación y el abandono que conocen las personas que han perdido un ser querido. Así El ha entendido el corazón de toda madre amorosa que se angustia ante el sufrimiento de sus hijos. Jesús se ha convertido en uno de nosotros, completamente.


Quinta Estación: Simón el Cirineo le ayuda a llevar la Cruz

Ahora reflexionen conmigo sobre lo que debe haber sido para mi Hijo no poder más cargar la cruz por sí solo. Sentí alivio al ver que alguien le ayudaba en ese momento, aunque mi corazón se abrió a los sentimientos de Simón, quien fue incluido en la travesía de Jesús.

Si miramos atrás, podemos dar gracias por la llegada de Jesús a nuestras vidas, aun con este gesto de ayuda. Jesús vino a conocer las experiencias de todos los que debemos depender de otros, de los que no podemos caminar solos. Aun en este viaje final, Jesús ni siquiera pudo tener la satisfacción de poder llevar Su cruz por sí solo.

Hagamos una pausa momentánea para expresarle ahora eso que sentimos en nuestros corazones.



Sexta Estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús

No puedo describir su rostro, cubierto de sangre y sudor, y las heridas y golpes que deforman Su aspecto. Como madre que soy, apenas puedo decirles que hay escupitajos en su rostro. Era el rostro de la solidaridad con todos aquellos que han sufrido abusos y violencia.

Entonces, de entre la multitud salió una mujer cuya compasión por mi Hijo fue tan grande que pudo abrirse paso entre los soldados romanos para limpiar el rostro de Jesús con su velo. ¡Cuánto amor sentí por ella ante ese gesto! Sus miradas se cruzaron y eso me conmovió profundamente. Por un instante, Su rostro limpio volvió a revelar la imagen serena de mi Hijo amado.

Jesús sonrió a la mujer y prosiguió su viaje, y entonces los que estábamos cerca observamos su velo y pudimos ver el regalo que El le había hecho. En el velo había quedado impresa una sorprendente imagen, el verdadero ícono del valor del sacrificio de Jesús, y la profundidad de Su solidaridad con todos los que sufren. Esta imagen es el eterno regalo de Jesús para nosotros, para que siempre podamos contemplar su imagen, su unión con nosotros en los peores momentos de rechazo y sufrimiento.


Séptima Estación: Jesús cae por segunda vez

Cuando mi Hijo cayó por segunda vez, mi corazón se oprimió cuando El perdió el control de sus pasos, se tambaleó y cayó al suelo polvoriento. Al verlo caer sobre sus rodillas en las duras piedras del camino, pude sentir el lacerante dolor en todo mi ser. Sin poder hacer nada por El, una vez más me pregunté si El podría llegar hasta el final.

Al recordar este momento hoy, me imagino que esa caída lo puso junto a las personas con discapacidades, personas que sufren de todo tipo de enfermedades físicas que les debilitan, y con todos aquellos que envejecen y deben enfrentar las limitaciones de sus cuerpos. Mi plegaria es para que todo el pueblo de Dios que conoce el sufrimiento de estas discapacidades sepa que siempre puede recurrir a mi Hijo en busca de comprensión y consuelo.

Con gratitud en nuestros corazones, tomemos unos instantes para encontrar las palabras que expresen nuestros sentimientos hacia Jesús.


Octava Estación: Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús

Esta conmovedora escena llenó mi corazón de madre con creciente amor hacía Jesús. Así como tantas veces le vi consolar a muchos grupos de personas durante toda su vida, ahora consuela a este grupo de mujeres y niñas en Jerusalén. No están aquí para condenarle. ¡Qué tremendo encuentro! Ellas tratan de consolarle, y El las observa con amor y compasión. Durante Su ministerio, Jesús llegó a lamentarse por Jerusalén. Ahora, mi Hijo les encarga una misión especial. Muy pronto entenderían que el sufrimiento de Jesús que presenciaron tan de cerca fue por ellas. Muy pronto serían testigos del sufrimiento de Jerusalén y tendrían la oportunidad de llevar compasión y fe a sus hijos e hijas y a los pobladores de su ciudad.

En este momento es bueno reflexionar con El sobre la misión que tiene cada uno de nosotros, esa misión que puede ser moldeada por este encuentro con Sus sufrimientos, muerte y resurrección “por mí”. Denle gracias por este breve tiempo para recordar el regalo que hemos recibido.





Novena Estación: Jesús cae por tercera vez

Siempre recordaré esta caída final. Habiendo soportado una golpiza tal y habiendo perdido tanta sangre, mi Hijo simplemente se desploma. Le vi caer al suelo y pensé que había muerto. Con sus brazos abiertos y el rostro sobre el polvo del camino, Jesús se entregó en solidaridad con todos aquellos que han caído de alguna manera.

Contemplando cómo los soldados levantaron rudamente a Jesús y lo hicieron dar los últimos pasos hacia el Calvario, tomen unos momentos para hablar con El, expresándole gratitud por su comprensión de todas las debilidades o fracasos que hemos experimentado.



Décima Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Una vez más la espada atravesó mi corazón cuando vi a mi Hijo ser violentado de esa manera. Con la intención de avergonzarle más aún, lo iban a ejecutar desnudo. Simplemente querían despojarle de la dignidad que le hubiera quedado a cualquier ser humano. Recuerdo este cuerpo cuando era el de un niño que yo bañaba y cuidaba mientras ahora veo cómo se reabren sus heridas y vuelven a sangrar, expuesto ante los ojos de todos. Ahora veo a todas las personas del mundo que son vulnerables y no tienen defensa, todos aquellos cuya dignidad es violada, y  veo cómo este acto de despojo pone a mi Hijo junto a aquellos que sufren. Su encarnación está a punto de ser completa.

Por favor hagan una pausa para expresar lo que hay en sus corazones y demos gracias a Jesús por liberarnos del poder del pecado y la muerte.



Undécima Estación: Jesús es clavado en la Cruz

Hoy, cuando recuerdo a Jesús siendo clavado en la cruz, con sus brazos extendidos, es el sonido del martillo golpeando los clavos lo que se ha quedado grabado en mi mente. Recuerdo cómo yo le quitaba astillas de madera de sus dedos cuando era niño en el taller de José. Sus manos y muñecas, que tocaron y sanaron a tantas personas, ahora reciben un clavo, y un martillo golpea ese clavo atravesando su carne hasta llegar a la madera de la cruz. Ese sonido – metal contra metal – ese ruido – y la expresión de su rostro – los espasmos que agitan todo su cuerpo – nunca los olvidaré. Entonces, la otra mano y finalmente sus pies son clavados en la cruz.

Ahora pasen unos momentos con El, imaginándose cómo lo levantaron en la cruz, clavado en ella, para que pudiéramos ser libres.


Duodécima Estación: Jesús muere en la Cruz

La espada de la impotencia destrozó mi corazón cuando vi cómo Jesús luchaba por respirar, elevando su torso para dejar salir el aire de sus pulmones. Con increíble valentía y compasión, habló de misericordia y amor. Allá en la cruz me puso bajo el cuidado de Juan, y me entregó a la Iglesia llena del Espíritu que nacería en Pentecostés. Luego, después de ponerse en manos de Dios por última vez, exhaló su último suspiro y murió. Es algo imborrable observar como la vida se separa del cuerpo de un ser amado.

Hoy, al pie de la cruz, escuchen a mi Hijo hablarles del amor que les tiene. Y ustedes háblenle desde el fondo de su corazón.



Décimo Tercera Estación: El cuerpo de Jesús es bajado de la Cruz

Tuvimos que esperar lo que pareció un largo rato antes de obtener el permiso para bajar de esa cruz  Su cuerpo sin vida. Tardaron mucho en quitarle los clavos y finalmente bajar su cuerpo al suelo. Alguien le quitó esa horrible corona de espinas de su cabeza. Le echaron el pelo hacia atrás y le limpiaron el rostro antes de dejarme estrechar su cuerpo por una última vez. Dios me lo entregó por poco tiempo. Cuando  dejó nuestro hogar tres años antes, me sentí tan orgullosa de El, emocionada por ser testigo de lo que Dios obraría a través de El. Allí, al pie de la cruz, mi corazón atormentado por el dolor, pero siempre confiado en Dios y su promesa, sólo pedí ser la sierva de Dios en todo lo que me esperaba de ahora en adelante. Después de la Ascensión, cuando nos reuníamos en los distintos hogares para Partir el Pan, sostuve otra vez Su cuerpo en mis manos, ahora llenas de consuelo porque Su promesa se cumplió: que estaría siempre con nosotros.

Únanse a mí para recibir este misterio de la muerte de Jesús, tan real y completa. Ya conociendo el resto de la historia, háblenle conmigo, de corazón a corazón, sobre la gratitud por haber transformado el poder de la muerte.


Décimo Cuarta Estación:

Ninguna madre debería tener que enterrar a un hijo. Un poco antes de que llegara este día, Jesús llegó ante la tumba de Lázaro. Debe haber sabido que pronto le pondrían en una tumba como esa. Y cuando dio gracias a Dios por haber escuchado su plegaria, debe haber sabido que el Padre que le envió le daría vida eterna. En pocos días, esta tumba estaría vacía y se convertiría en un signo eterno de la entrega de Jesús a las fuerzas del pecado y la muerte, por nosotros.

Mientras visualizamos esta escena, pongamos ante nuestros ojos la imagen de la tumba vacía. Cada vez que se sientan tentados de visitar una tumba para llorar, recuerden esta tumba vacía y recuerden que, a través de los ojos de la fe, todas las tumbas están vacías. Hoy, únanse a mí en acción de gracias a Jesús. Únanse a mí haciendo la señal de Su cruz, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.