viernes, 18 de marzo de 2016

El Vía Crucis de María, narrado por la Beata Ana Catalina Emmerich


Detrás de la casa, alejándose un poco por el camino hacia el monte, la Santísima Virgen se había preparado una especie de vía crucis. Cuando todavía vivía en Jerusalén después de la muerte del Señor, María nunca dejó de hacer allí su vía crucis con lágrimas y compartiendo la Pasión. Había medido en pasos las distancias entre los lugares del camino donde Jesús había padecido, y su amor no podía vivir sin la permanente contemplación del vía crucis. Poco después de llegar aquí la ví andar diariamente montaña arriba un trecho de camino detrás de su casa, contemplando la Pasión. Al principio iba sola midiendo en pasos, cuyo número tantas veces había contado, la distancia entre los lugares donde al Salvador le había ocurrido algo, y en cada uno de estos lugares ponía una piedra o marcaba un árbol si lo había. El camino se internaba por un bosque donde marcó el Calvario en una colina, y puso el sepulcro de Cristo en una cuevecita de otra colina.

«Oh, hijo mío, hijo mío»
Cuando ya tuvo medidas las doce estaciones de su vía crucis, ella y su doncella iban en serena contemplación, se sentaban en el suelo en cada una de las estaciones y renovaban en el corazón el misterio de su significado y alababan al Señor por su amor entre lágrimas de compasión. [...]

Después del tercer año de estancia aquí, María tenía grandes ansias de ir a Jerusalén, y Juan y Pedro la llevaron allí. Me parece que se habían reunido allí varios apóstoles. Vi a Tomás. Creo que era un concilio y que María los asistía con sus consejos.

A su llegada, por la tarde ya oscurecido, vi que antes de entrar en la ciudad, visitó el Monte de los Olivos, el Calvario, el Santo Sepulcro y todos los santos lugares de los alrededores de Jerusalén. La Madre de Dios estaba tan triste y conmovida por la pena que apenas podía tenerse de pie, y Pedro y Juan la tenían que llevar sosteniéndola bajo los brazos. Ella todavía vino otra vez aquí (a Jerusalén) desde Éfeso, año y medio antes de su muerte, y entonces la vi visitar los santos lugares con los apóstoles, embozada y otra vez por la noche. Estaba indeciblemente triste y suspiraba continuamente «Oh, hijo mío, hijo mío».

Creyeron que moría:
Cuando llegó a la puerta trasera del palacio donde se encontró con Jesús desplomado bajo el peso de la cruz, María cayó al suelo sin sentido, conmovida por el doloroso recuerdo. Sus acompañantes creyeron que se moría. La llevaron al Cenáculo en Sión, en uno de cuyos edificios delanteros estaba viviendo, y allí estuvo unos días, tan débil y enferma y con tantos desmayos que muchas veces se esperó su muerte....».

Las indicaciones de Emmerich llevaron a la casa de la Virgen:
La beata Ana Catalina Emmerich (1774-1824) fue una religiosa alemana cuyas visiones asombraron a una época. Humilde granjera, después costurera y sirvienta, ingresó a los 28 años en el convento agustino de Agnetemberg, en Dülmen, un pueblo de Westfalia. No tardaron en aparecer en su cuerpo cinco llagas como las de Jesucristo, lo que dio lugar a una dura investigación. Llegó a ser encarcelada y sometida a vigilancia día y noche con el objeto de averiguar el origen de esas heridas, que no pudo determinarse. Juan Pablo II la beatificó en 2004.


Tomado de: Religión en Libertad

Extracto del capítulo «La Santísima Virgen en Éfeso» del libro «La vida oculta de la Virgen María»  (Voz de Papel).