jueves, 2 de abril de 2015

El Cirineo



La comitiva avanza hacia el Calvario. Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar al término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón. Mira detrás de Mí a Simón ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido «alquilado». Por eso, cuando siente demasiado cansancio deja caer más peso sobre Mí, y así caigo en tierra desveces.
 
Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz. Veamos el sentido de estas dos circunstancias.

Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado: por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio, y acordándose, quizá con pesar de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí...

Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan... No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás se han quedado en el camino que debían recorrer!

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que, movidas por el deseo de su salvación, pero, sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla entera. Su único deseo es descansarme, consolarme.; se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan en los méritos ni en la recompensa que les espera, ni n el cansancio, ni en el sufrimiento; lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.
 
Suponed que, llenas de buenos deseos y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas en vez del resultado que esperaban recogen toda clase de molestias y humillaciones. Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi Gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor... Son las que me consuelan y glorifican. Tened, ¡almas queridas!; como cosa cierta, que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos; antes, por el contrario; el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado, ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado. Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.

De: Un llamamiento al Amor, Sor Josefa Menéndez