viernes, 17 de abril de 2015

Ante su mirada


Por: Lorenzo Martínez | Fuente: Catholic.net

¡Qué mirada tan profunda, tan serena, tan llena de paz y de ternura, tan llena de luz y de vida, es la mirada de Jesús! Es la mirada que resume tu vida y que te dice: te conozco más que tú mismo. Sé quién eres, se de tus triunfos y fracasos, de tus buenas y malas obras, conozco al dedillo tus virtudes y defectos y sin embargo te amo. Es la mirada que en vez de
condenarte, te perdona, en vez de reprocharte, te habla con dulzura, en vez de castigarte te premia y en vez de repudiarte (desde su pureza) por tus errores te sumerge en su costado abierto de misericordia, y en vez de lastimar tus heridas las sana y lava con su sangre y te conduce hacia fuentes tranquilas y en verdes prados te hace reposar.

Su mirada es como un rayo de luz que traspasa el cerco de nuestra intimidad e ilumina todo nuestro interior y nos hace aparecer ante su presencia desnudos de todas las caretas y disfraces que nos impiden vernos tal cuales somos. Pero no es para delatarnos y acusarnos, sino más bien, para romper las cadenas que nos atan y derribar los muros que nos encierran en nuestro egoísmo y tristeza, en nuestro odio y soledad, y darnos la oportunidad de ser liberados con el poder de su Santo Espíritu.

Pero, muchas veces, tenemos miedo de alzar nuestros ojos y entrecruzar la mirada con la del  Maestro. Sentimos temor de aluzarnos en el espejo de Justicia porque en el estado de abandono y miseria en que nos encontramos, nos hace sentirnos indignos de ponernos en su presencia. Y no olvidamos de que Él es la fuente del Amor y la Misericordia, desde donde brotan ríos de agua viva que saltan hasta la vida eterna. Ignoramos que estamos como tierra reseca agostada sin agua y que necesitamos ser regados por el Agua de la Vida, para que podamos ser fecundos y dar frutos en abundancia.

Cuando Jesús se encontró con la mujer samaritana, en el pozo de Jacob, se le confesó como el dueño de esa fuente de agua viva que se prueba y colma nuestra sed para siempre. La fuente que todos los hombres ansían pero no saben cómo llegar a ella, pero que cuando la descubren son capaces de vender todo cuanto tienen para quedarse con ella, porque han encontrado la perla que tanto buscaban. Y es a través de su mirada que Jesús nos permite ver la gran riqueza que hay en Él, y la gran necesidad que tenemos de sus dones y gracias. Y el gran deseo que tiene nuestro Señor de compartir con sus hijos, lo que el Padre Dios le ha dado, porque nos ama con un amor eterno.

Su mirada nos descubre y nos busca entre la multitud y el bullicio de este mundo, se poza sobre nosotros y nos hace saber sentir la necesidad de acercarnos a Él. Es una fuerza irresistible y poderosa que emana de la fuente inagotable de su misericordia. Fuerza que nos hace sentir unidos y vinculados a un Dios vivo y cercano que por su infinito amor, nos ha incluido en su plan maravilloso de salvación y vida eterna.

No temas en mirar a Jesús, poner tu confianza y apoyo en Él, porque Él desea compartir tu cruz, tu peso y tu dolor y redimirte de un modo personal, de tal suerte que puedas ser un testigo auténtico de su amor. De ese amor que se derrama y te abraza con poder para que pises firme y puedas caminar sobre las aguas turbulentas.